Este es el inicio de mi bitácora de investigación. El proyecto que estoy realizando es sobre grupos políticos radicales en la ciudad de México en la década de 1820. Se trata de un tema sobre el que otros autores ya han avanzado. En efecto, el Partido Popular no ha dejado de interesar a varios historiadores, en especial por el papel que la masonería yorquina jugó en su organización. Sin embargo, no estoy interesado en repetir lo que ya se ha dicho sobre individuos como Lorenzo de Zavala o Vicente Guerrero. En un ensayo anterior tuve la oportunidad de exponer mis principales ideas en torno al Partido Popular mexicano de la década de 1820 y mis estudiantes han dedicado tesis a esos temas, en especial porque desde que ocupé la Secretaría Académica del Instituto no he tenido mucho tiempo para continuar con mi trabajo. Esto último se debe no sólo y no tanto a las labores académico-administrativas que desempeño, sino a la próxima conmemoración bicentenaria de 2010.
Antes diré que el libro proyectado debe servirme de base para realizar una investigación en torno a las políticas radicales urbanas del decenio que empieza en 1825 en distintas ciudades americanas, desde Buenos Aires hasta Boston.
Desde 1808, el principal problema que se planteó en términos de organización política fue el del fundamento del poder ¿por qué razón millones de personas debían obedecer a un grupo de individuos? ¿Qué le permite a alguien mandar? Servando Teresa de Mier se percató de este problema en 1820, cuando hizo notar que una década de guerra civil propició que cualquier gobierno pudiera ser cuestionado. Ni la costumbre, ni la violencia, ni el respeto a las leyes eran suficientes para convencer a una sociedad en armas de obedecer a otros. Las elecciones parecían dar una respuesta, pero las maneras de realizarlas (por corporaciones, excluyendo o incluyendo a sectores sociales, por provincias o por ciudadanos) también podían ser materia de controversia, por no hablar de las irregularidades tan comunes en esos ejercicios.
Así, la sociedad del México recién independiente era una de “aquellas donde las condiciones para la vida en común no están definidas apriori”, para emplear los términos de Pierre Rosanvallon para las sociedades democráticas. Esto permitió la apertura de oportunidades de participación política para un contingente mayor de personas que lo que permitía el orden cerrado del absolutismo. Cualquier individuo capaz de articular el nuevo lenguaje republicano, que apelaba a los derechos y a los deberes de los ciudadanos, podía forjarse una carrera política, pero lo más importante –al menos para nosotros– es que estas actividades contribuyeron a modificar la cultura política de sectores sociales, aunque de momento no nos atrevemos a precisar ese impacto. Ya habrá oportunidad de lanzar algunas hipótesis sobre esto.
