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Los congresos académicos

Una práctica académica muy frecuente es la realización de congresos y coloquios, de los cuales —también cada vez con mayor frecuencia— suelen resultar libros colectivos que sólo leen los que colaboraron en ellos y un reducido grupo de colegas. Por supuesto, nadie puede negar la importancia de hacer reuniones con colegas, intercambiar puntos de vista, discutir, aprender unos de otros. Muchas de estas reuniones juntan a historiadores de distintas partes del mundo, lo cual es todavía más estimulante, en especial para los académicos a los que les toca viajar a un país extranjero.

Sin embargo, veo con preocupación que cada vez hay más reuniones de historiadores que son aprovechadas sólo para acrecentar el curriculum y para hacer turismo académico. Recuerdo hace tiempo una reunión en España, de las que cobran inscripción, en la que presencié una mesa de colegas todos mexicanos y ¡de la misma institución! ¿Qué no podían intercambiar los resultados de sus investigaciones cuando se hallaban en su institución? ¿Por qué viajar nueve mil quilómetros -con cargo al presupuesto público- para presentar un “paper” de quince minutos a colegas a los que ven casi todos los días?

Se me puede decir que esos son abusos y que los responsables son los que aceptan entrar a esos juegos, como aquellos que no preparan ponencias y llegan a los congresos internacionales a echarse un rollito de lugares comunes, confiados en que ningún asistente los cuestionará (eso está muy mal visto, pues pueden acusar al académico criticón de grosero y de buscapleitos). Eso sí, al final del día, el ponente farsante no sólo obtuvo recursos para pasearse por alguna bonita ciudad extranjera sino que tiene un papelito que comprueba su participación en una importante reunión.

Insisto, esos son casos de malos historiadores, que siempre hay. Sin embargo, también hay problemas que podemos llamar intrínsecos en la organización de muchas reuniones académicas. Basta ver los programas de algunas de ellas para percatarnos de que los ponentes tienen quince minutos para exponer (una vez vi a un profesor gastarse la mitad de esos quince minutos agradeciendo a sus anfitriones la oportunidad de estar en una ciudad por la que sentía especial aprecio) y no quedará tiempo para la discusión. ¿Para qué reunirse, entonces?

En la más reciente reunión a la que asistí (y en la que participé) escuché las sabias palabras de Carlos Herrejón. Extraordinario, como siempre, recordó en una respuesta a una pregunta del público que él ya había probado documentalmente que aquello de que Miguel Hidalgo gritó el 16 de septiembre de 1810 unos vivas a Fernando VII, era una completa falsedad. Más modesto y temeroso, yo procuré mostrar que hay muchos indicios de que los constituyentes de Apatzingán no conocieron la Constitución de Estados Unidos de 1787. En la siguiente mesa, el primer ponente empezó su charla diciendo que él tenía por verdadero padre de la independencia a Morelos, pues todos sabían que Hidalgo había gritado Viva Fernando VII cuando empezó su rebelión. ¿No escuchó a Herrejón? Y si no estaba de acuerdo con Herrejón ¿no debió haberlo señalado? Por desgracia, el moderador tampoco llamó la atención sobre el punto y —como suele ocurrir— no hubo tiempo de discutir después de terminadas las ponencias de esa mesa. Por último, otro ponente —un académico con mucho prestigio— afirmó que la definición de soberanía popular de la Constitución de Apatzingán estaba claramente tomada de la que estaba en la Constitución estadounidense. Por alguna razón que no entiendo, no señaló que con ese comentario me estaba criticando. O no quiso humillarme al mostrar mi error o simplemente no puso atención cuando yo estaba diciendo justo lo opuesto a lo que él llegó a afirmar.

Al llegar a mi casa volví a preguntarme para qué sirven esta clase de reuinones. Me metí a mi biblioteca. Leí la definición de soberanía que hace doscientos años los constituyentes de Apatzingán redactaron y, sólo por no dejar, releí el documento que en Filadelfia firmaron los representantes de los Trece Estados Unidos, para constatar lo que ya sabía: nunca hicieron una definición de la soberanía popular.

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