Hoy la ciudadanía estadounidense está convocada a votar en un proceso que decidirá la presidencia de Estados Unidos. Es frecuente escuchar que ese país es una democracia no solo funcional sino ejemplar, “la más grande del mundo”. Tengo mis dudas. Como se ha podido ver en este proceso, en Estados Unidos ha aumentado cada vez más el peso de la oligarquía; empresas y personas inmensamente ricas financian campañas a cambio de beneficios y obstaculizan la aparición de candidaturas que confronten su poder.
Si por democracia entendemos el gobierno de la mayoría, la Constitución en realidad protege a las minorías, y no me refiero a las “minorías” racializadas o identitarias, sino a personas que por vivir en estados con poca densidad demográfica tienen más peso que aquellas que viven en estados más poblados. Por ejemplo, un voto ciudadano en Texas vale dos terceras partes de lo que vale un voto ciudadano en Colorado. El primer estado, con cerca de 29 millones 800 mil habitantes nombra 40 electores, es decir, un elector por cada 750 mil habitantes, aproximadamente; mientras que el segundo, con sus cinco millones 800 mil habitantes, designa 10 electores, más o menos uno por cada 580 mil habitantes.
El origen de este fenómeno está en un diseño constitucional del siglo XVIII. Durante la revolución de independencia de Estados Unidos, los estados más grandes tuvieron que hacer varias cesiones a los menos poblados para garantizar la unidad. Primero, se quitó de la declaración de independencia uno de los agravios contra el rey Jorge III, en el que se criticaba el tráfico de esclavos. Después, en la Constitución, se acordó que habría un representante en el Congreso por cada treinta mil habitantes, pero se aceptó que para los estados sureños se contaran no solo a los hombres libres sino a tres quintas partes de “otras personas”, es decir, las esclavizadas. Con eso se dio más representantes a los esclavistas. Por último, cada estado, independientemente de su población, tendría dos senadores.
El mecanismo para elegir al presidente también beneficiaba a los estados poco poblados. Cada estado nombraría electores, quienes a su vez votarían por el titular del Poder Ejecutivo. El número de electores por estado se determinaba por la suma del número de diputados y el de senadores. De tal suerte, un estado esclavista como Georgia tenía cinco votos electorales, pues le correspondían dos representantes por su población libre, uno más por la población esclavizada y dos senadores. Nueva York tendría ocho electores, pese a tener más de 210 mil habitantes libres.
Como varios estudios académicos han señalado, el objetivo de estas concesiones era mantener la unión a toda costa, como después se hizo con el Compromiso de Misuri de 1819 o la Ley Kansas-Nebraska de 1854, empeños que, de cualquier manera, no evitaron la fractura del país en 1861.
Cuando los constituyentes decidieron que habría un número de electores por estado para designar al presidente de Estados Unidos no estaban pensando en una elección en la que participaran los ciudadanos. De hecho, nueve estados no hacían elecciones populares para nombrar a los electores, sino que estos eran designados directamente por las legislaturas estatales. Por esta razón, la Constitución tampoco obligaba a los electores a seguir la opinión de la ciudadanía, ni siquiera en los estados en los que sí había votación ciudadana para elegirlos.
El presidente de Estados Unidos es electo por un grupo de electores, con un mecanismo que da más peso a la gente de los estados menos poblados en detrimento de las mayorías. Por esto, en lo que va del siglo, ese país ha tenido tres periodos presidenciales republicanos y tres demócratas, pese a que el Partido Republicano solo ha ganado en una ocasión (en 2004) la mayoría de los votos populares. Por eso, algunos estados con un peso demográfico mucho menor al de las regiones del Pacífico o del Noreste son tan importantes para determinar quién ganará la contienda de hoy. Poner atención a unos pocos estados, los swing states, como ha venido haciendo la prensa en las últimas semanas, porque en ellos se decidirá a la persona que ocupará la Casa Blanca por los siguientes cuatro años, es el mejor ejemplo de que no es la mayoría la que decide. Lo dicho, si la democracia es el gobierno de la mayoría, la elección presidencial de Estados Unidos dista mucho de serlo.
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