Estoy azorado. Las noticias de los resultados electorales en el mundo me ocasionan desasosiego. Empecemos con la conmoción del año anterior, el triunfo de un individuo claramente incompetente al frente de uno de los más grandes países de América Latina. La llegada de la extrema derecha al gobierno de Argentina es para preocupar a toda la región. Ya antes Brasil padeció cuatro años de lo mismo.
Los gobiernos conservadores y represores no han sido extraños en América Latina, pero el de la Argentina actual tiene elementos que lo diferencian de los anteriores. Si la juventud sin privilegios se levantaba contra las dictaduras en los años setentas, ahora vota por la extrema derecha. Si el discurso inconforme, contestatario, buscaba movilizar a la sociedad en contra del discurso pacificador y de orden de los regímenes autoritarios, ahora el discurso de rebeldía se lo ha apropiado la derecha.
Recientemente, en Europa, los herederos de los colaboracionistas de Philipp Pétain obtuvieron mayoría de votos para el parlamento europeo, mientras que los herederos del nazismo se convirtieron en la segunda fuerza en Alemania. Para mayor inri, en el conjunto de la Unión Europea los ganadores fueron los partidos tradicionales de derecha, aquellos que promueven recortes al gasto público, mientras que los socialdemócratas y la izquierda han quedado relegados, con alguna excepción (gracias, Portugal).
¿Por qué son tan exitosos los partidos de derecha, la tradicional y la extremista? A diferencia de lo que ocurría en los años treintas, no hay una palpable recesión y la inflación se ha moderado. Por supuesto que hay sinfín de problemas. La juventud parece condenada a empleos precarios que impiden la adquisición de vivienda y no prometen un futuro mejor. El calentamiento global golpea en todas partes y los productores agrícolas lo resienten. Todo eso es verdad, aunque resulta paradójico que el voto inconforme beneficie, precisamente, a quienes han impulsado la desregulación que ha causado esos problemas.
Es casi inevitable pensar en Antonio Gramsci. Desde hace más de medio siglo, un aparato publicitario se ha encargado de convencernos de los beneficios del individualismo, de la libertad del mercado, del consumismo, como ha mostrado Victoria de Grazia (Irresistible Empire. Harvard, 2005). En México, recientemente una candidata a la presidencia mexicana insistía en que ella no le debía nada a nadie, que su éxito fue mérito propio, aunque estudió en una universidad pública. Por supuesto, felicitó a la Argentina por el triunfo de un tipo que se declara contrario a la justicia social e invitó a unirse a su movimiento a un fundamentalista católico que aspiraba a la presidencia y que, por fortuna, no reunió las firmas suficientes para registrar su candidatura.
Al mismo tiempo, ha ocurrido otro proceso: las personas que creen en un mundo solidario, en la importancia de regular mercados y empleos, quienes favorecen la universalidad y gratuidad de la salud y la educación, no han sido capaces de convencer a la sociedad de que entregarse a la extrema derecha solo acelerará el proceso de precarización de la mayoría.
Eso que llamamos izquierda ha promovido campañas progresistas, sobre todo de protección de derechos de las minorías y de las mujeres, pero ha olvidado la premisa más básica: la protección de los derechos de la mayoría. Y no es que esté mal portar las banderas del feminismo, de la defensa de identidades o de los colectivos LGBT+, al contrario, pero se ha olvidado de la básica, la de la gente trabajadora, la que vive de emprendimientos familiares, la que no tiene más opción que laborar para las grandes empresas.
Hace falta recuperar esa bandera, pero también una labor pedagógica, que muestre la importancia de pagar impuestos, de proveer de un piso firme a la gente común y corriente, esa que ahora se identifica como clase media, pero que corre el riesgo de dejar de serlo cuando no puede pagar los carísimos servicios de salud privados. Un buen ejemplo es el tema de la inmigración. En Europa y Estados Unidos, la migración ha sido benéfica para la economía. El trabajo de la gente joven que salió de sus países contribuye a la creación de riqueza. Votar en contra de la migración es votar en contra del crecimiento económico. No conozco partidos políticos que lo digan así de claro. Para todos, la inmigración sigue siendo calificada como «problema». En realidad, el único problema con la migración es que ocasiona pérdidas en los países de origen.
Como historiador, me parece que mi deber es mostrar los intereses de aquellos que prometiendo libertad han traído esclavitud. Dígalo si no ese paladín de la libertad que participó en las Cortes de Cádiz, Francisco de Arango. Liberal, para muchos incluso un precursor de la independencia cubana, en sus Obras completas aparece no menos de ciento cincuenta veces la palabra «libertad», con una exigencia constante: libertad para organizar empresas que iban a secuestrar personas al África para obligarlas a trabajar, esclavizadas, en las plantaciones de Cuba. Esa es la libertad que ofrece la derecha en el mundo. Cuidado con eso.
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