La contingencia

Las personas que en el futuro escriban la historia de España deben agradecer mucho el reportaje periodístico de Carlos Cué sobre la semana de concluyó en el triunfo de la moción de censura del 1 de junio de 2018. El autor da cuenta de cómo una iniciativa que, en principio, fue interpretada como un medio para que Pedro Sánchez pudiera “recuperar su papel de jefe de la oposición, por entonces desdibujado frente al omnipresente Albert Rivera” terminó conduciendo al establecimiento de un nuevo gobierno. El resultado fue sorpresivo para todos. El triunfo de la moción fue contingente, resultado de los acuerdos inconexos, del cambio repentino de circunstancias. Esto no quiere decir que fue un proceso azaroso. Hay elementos que lo explican. Se deben tener en cuenta el rechazo social a la corrupción, personificada por el Partido Popular; la oportunidad de revancha de los nacionalistas catalanes, pero también sus propias tensiones internas; la delicada posición en la que quedaría el Partido Nacionalista Vasco si hubiera votado en contra de la moción, pese a haberse aliado con el gobierno para aprobar los presupuestos. También es importante señalar que, pese a la retórica de Ciudadanos y de Podemos, España no ha tenido un sistema bipartidista. El diseño constitucional da un enorme poder a los partidos regionales y nacionalistas, pues habitualmente terminan convirtiéndose en el fiel de la balanza cuando se requiere construir mayorías en el Congreso.

La lección para quienes cultivamos la disciplina de la historia es importante. Es muy fácil explicar las causas por las consecuencias: si el Partido Socialista Obrero Español presentó una moción de censura que triunfó es porque así se planeó y se actuó para conseguirlo. Por lo que hemos podido ver y por lo que Cué relata, esto no fue así. El proceso fue accidentado, menos dirigido, mucho más incierto.

En la historia de México hay casos semejantes, de procesos que se suelen interpretar por sus resultados y no por los elementos que participaron en la construcción de los mismos. Un buen ejemplo es el nacimiento del Partido Revolucionario Institucional. No me refiero al Partido de la Revolución Mexicana ni al Partido Nacional Revolucionario, que lo antecedieron, sino al que resultó de las accidentadas propuestas de Manuel Ávila Camacho en 1946.

En México hay una opinión generalizada que supone que, en siete décadas, nada se hacía sin la voluntad de los presidentes. Se afirma que el titular del poder ejecutivo tenía un control absoluto sobre toda la vida política del país y que habitualmente conseguía sus objetivos 1. Desde este punto de vista, el PRI, con todas sus características, fue resultado puntual de lo que planeó el titular del Poder Ejecutivo. Sin embargo, Soledad Loaeza ha mostrado que los proyectos del presidente para  la Ley Federal Electoral y la formación del PRI tenían objetivos diferentes a los que finalmente resultaron. En el contexto de la Guerra Fría, Manuel Ávila Camacho estaba interesado en modernizar el sistema político mexicano y fracasó. La Confederación de Trabajadores de México impuso sus intereses y, tras el resultado, nadie se atrevió a señalar que el presidente sufrió un descalabro en sus intenciones. Para la opinión general, si el resultado fue un partido hegemónico, dominado por el corporativismo, fue porque el presidente así lo quiso.

La lección para quienes hacemos investigación histórica es clara: aunque siempre hay elementos que explican los procesos y los hechos históricos, estos nunca ocurrieron por necesidad ni porque alguna mente maestra los hubiera planeado tal como sucedieron. Incluso cuando hay proyectos exitosos, siempre se modifican siquiera un poco. Por supuesto, es difícil hacer el relato de los procesos como si no conociéramos el desenlace. Vamos al cine sabiendo el final de la película. De ahí la importancia de hacer explícita la contingencia cuando construimos nuestros trabajos de historia. El presente no es producto del azar, pero pudo haber ocurrido de otra manera.

  1. Un buen ejemplo aparece en una nota de opinión reciente de Enrique Krauze: “Durante aquel régimen que duró 71 años y que llamé ‘la presidencia imperial’, el presidente tenía el monopolio de la violencia legítima y de la violencia impune. Además de los inmensos poderes (políticos, económicos, militares, diplomáticos) que detentaba constitucionalmente, el presidente imperaba como un sol sobre los planetas que giraban en torno suyo. Los poderes formales (Congreso, Suprema Corte, los gobernadores, los presidentes municipales) dependían del presidente. Los burócratas, los obreros sindicalizados y las uniones campesinas congregadas en el PRI se subordinaban al presidente. Los empresarios y la Iglesia seguían las directrices del presidente. Las empresas descentralizadas y paraestatales obedecían los lineamientos del presidente. La Hacienda Pública y el Banco de México se manejaban discrecionalmente desde la casa presidencial de Los Pinos. Los medios de comunicación masiva eran ‘soldados del presidente’. El presidente saliente nombraba al entrante. El Gobierno organizaba las elecciones y el PRI (con su complicada ‘alquimia’) obtenía —según expresiones de la época— ‘carro completo’, las ganaba ‘de todas, todas’.”
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