¿Quién fue Lucas Alamán?

Quienes hacemos investigaciones sobre México en el siglo XIX nos topamos constantemente con Lucas Alamán, un personaje que el presidente ha recuperado como ejemplo de los conservadores o para descalificar a sus adversarios.

Alamán sí fue conservador en la década de 1840 y hasta su muerte en 1853. En la primavera de ese año hizo un programa para Antonio López de Santa Anna en el que defendía los privilegios del clero y el ejército, pues consideraba que la moral cristiana mantenía la concordia y unidad en el país y los militares garantizaban la seguridad social; pero no “favoreció la concentración absoluta de poder en un líder iluminado, sin libertades”, como afirma Enrique Krauze.

También Miguel Lerdo de Tejada hizo una propuesta para Santa Anna, que este rechazó, pero otorgó al joven liberal un puesto en la Secretaría de Fomento. El caudillo veracruzano aceptó el programa de Alamán, quien murió en junio de ese mismo año, de modo que terminó gobernando sin contrapesos hasta que fue derrocado, dos años después.

Alamán escribió, entre otras cosas, una Historia de Méjico, base del relato de la independencia del México a través de los siglos, obra que consagró la versión de la guerra de independencia que llegó hasta los libros de texto del siglo XX.

En la década de 1830, apoyó la industrialización del país. Temía que el libre comercio convirtiera a México en un país dependiente de manufacturas extranjeras. Creó el primer banco nacional de financiamiento industrial. Claro que con esas medidas también obtuvo beneficios personales. El historiador Eric Van Young, quien está haciendo una biografía de Alamán, ha documentado cómo aprovechó sus influencias políticas para sus propios negocios.

Fue un defensor de la propiedad privada. Era el apoderado de los bienes del marqués del Valle, el heredero italiano de Hernán Cortés. En 1835 vendió tierras que antes estaban en la jurisdicción del marquesado. Los pueblos de Juchitán y Tehuantepec tenían derechos sobre esas tierras y demandaron a los nuevos terratenientes. Estos pidieron los títulos de propiedad a Alamán, quien no los tenía. Las comunidades indígenas tomaron las armas para defenderse, hasta que el gobernador de Oaxaca, Benito Juárez, mandó tropas para reprimir a los pueblos. La masacre fue celebrada como una defensa de la propiedad privada, el orden y la civilización. El liberal Juárez estaba del mismo lado que Alamán.

Alamán ocupó en varias ocasiones la Secretaría de Relaciones. Apostó por la unidad hispanoamericana y por restar la influencia de Estados Unidos, aunque confiaba demasiado en las monarquías europeas. Al mediar la década de 1840, decepcionado con la inestabilidad política del país, coqueteó con la idea de traer a un monarca extranjero. Igual que el liberal José María Luis Mora, representante mexicano en Londres, deseaba que los británicos intervinieran para frenar el expansionismo estadounidense.

Alamán no fue siempre conservador. En 1823 apostó por el gobierno republicano, en contra de Agustín de Iturbide. Colaboró con Miguel Ramos Arizpe para hacer el proyecto de Acta Constitutiva de la Federación. Mientras el diputado coahuilense negociaba en el Congreso Constituyente, Alamán lo hacía con las provincias para que se mantuvieran unidas. No tuvo empacho en mandar tropas a Jalisco para combatir a los líderes del estado, quienes apoyaban a Iturbide, querían una mayor independencia y no aceptaban el federalismo impulsado por Ramos Arizpe.

Antes, en 1820, fue electo diputado a las Cortes Españolas. Contribuyó en un plan para la independencia de los países hispanoamericanos, rechazado por los españoles. Como ha mostrado el historiador Carlos Cruzado, Alamán fue el segundo diputado que más intervino en aquella asamblea y la mayoría de sus votos coincidían con los liberales radicales españoles, aunque como parte de la burguesía minera de Guanajuato, siempre condenó a Miguel Hidalgo.

En 1847, cuando el ejército estadounidense ocupó la capital de la república, el joven liberal Guillermo Prieto consiguió asilo en casa de Alamán, en el rumbo de Santa María la Ribera. Prieto lo había atacado, pero sobre la estancia en su casa escribió estas líneas:

“Era el señor Alamán de cuerpo regular, cabeza hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, y como de labios forrados, con dentadura blanquísima, cutis fino, y rojo el color de las mejillas […] En lo interior de la familia del señor Alamán, todo era virtud, regularidad, decencia y orden […]. Yo merecí a esa familia la honra de que me admitiese en su seno, recibí distinciones del señor Alamán que me hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que a veces combatí las suyas”.

La historia, la realidad, no es blanco y negro; no hay solo dos bandos, ni buenos ni malos. Hay que dejar de pensarla así.

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