Debería haber escrito esto hace varias semanas, pero a menudo me falta disciplina. Las obligaciones laborales exigen puntualidad, pero en otros aspectos a veces fallo.
Entre noviembre y diciembre, durante la última semana de clases, en un ambiente relajado, mantuve charlas con mis estudiantes. Son personas curiosas y entusiastas, que van desde las más aplicadas hasta las que se esfuerzan por aprender lo básico.
Después de corregir sus trabajos, ofrecí retroalimentación individual sobre cómo podrían mejorar. A continuación, les obsequié algunos libros y discutimos sobre varios temas. Recordé que, el año pasado, durante un curso en Nueva York, un compañero ecuatoriano criticó la inmigración en su país, asociándola con un aumento de la criminalidad. Me sorprendió, considerando que él mismo es inmigrante en un país donde el rechazo a la inmigración se está haciendo más común -no solo entre trumpistas y republicanos-, impulsado por grupos empresariales y sus corifeos que prefieren externalizar la pobreza para reducir costos laborales.
La supuesta amenaza que representa la inmigración es parte de un discurso más amplio y dominante. En el mismo diálogo con mis estudiantes, una de ellas señaló que, si bien los programas de asistencia son fundamentales, a veces se abusa de ellos. Ejemplificó con una historia no verificada sobre una mujer que tuvo varios hijos para recibir más beneficios. Esto me hizo reflexionar sobre cómo estos relatos se propagan y magnifican.
Reflexioné sobre cómo estas narrativas benefician a quienes buscan evadir responsabilidades fiscales y recortar el financiamiento de programas sociales vitales. Argumenté que, más allá de la ayuda económica directa, que es lo que hace el gobierno mexicano, es esencial fortalecer las instituciones públicas, algo que la actual administración ha olvidado. Las transferencias monetarias pueden estimular la economía y reducir la pobreza extrema, pero no sustituyen servicios esenciales como la atención médica para enfermedades graves.
El reto es cómo desmantelar este discurso individualista. La experiencia sugiere que la contradicción directa es ineficaz, ya que puede ser percibida como condescendencia. La estrategia más efectiva podría ser enriquecer el debate público con información verificada, analizarla y adoptar un enfoque más humano.
Personalmente, nunca he conocido a ninguna mujer que haya tenido hijos repetidamente para recibir ayudas públicas. Sugerir que estas ayudas son un medio de vida pasa por alto los enormes recursos necesarios para criar. Si el caso fuera real, sería imposible imaginar la precariedad que llevó a alguien a tomar tal decisión. Jamás podría juzgar a alguien en circunstancias tan extremas.
Con más información se puede demostrar que, más allá de las transferencias directas a la gente pobre, las instituciones públicas benefician a todo mundo, incluso a la gente que no las necesita, porque pueden pagarse servicios privados. La educación pública forma personas capaces de contribuir eficientemente a la economía, sin tener que dedicar horas y horas al trabajo, lo que les permite tener también tiempo familiar o personal; las guarderías permiten que la mitad de la población adulta participe en la fuerza laboral y actividades creativas; la salud pública previene que los limitados recursos familiares se agoten en enfermedades graves.
Necesitamos más humanidad: somos seres sociales. Somos, en buena medida, lo que debemos a la sociedad y a las generaciones pasadas. Ignorar el sufrimiento y la desesperación ajena eventualmente nos afectará. Mi abuela, profundamente religiosa, no hablaba de «empatía», sino de «misericordia» y «compasión». Aunque soy ateo, no me canso de decir que «solo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente».
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